China y América Latina Hacia una asociación estratégica

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Nov 30, 2011 No Comments ›› admin

Por Norberto L. Feldman (Presidente de la Asociación Argentina de Amistad con el Pueblo de China – AAACHI)

La emergencia de China como potencia económica y política mundial es un fenómeno de las últimas décadas. China es el actor que está cambiando decididamente el mapa de la economía mundial en la actualidad.

Desde que inició su proceso de reformas económicas en 1978 su tasa de crecimiento promedio anual oscila en torno al 9 por ciento. Se estima que pronto igualará y superará la posición de los Estados Unidos.

Es la quinta economía más grande del mundo y el mayor receptor de inversión extranjera directa desde 2002.

Se caracteriza por un doble perfil: en muchos aspectos se asemeja a los países en desarrollo pero en otros es una típica economía industrializada.

Respecto a América Latina, desde los comienzos del siglo XXI, la República Popular China lleva a cabo una activa política en la región, consistente, entre otras medidas, en un programa de visitas diplomáticas por parte de líderes políticos de primera línea en la conducción del Gobierno y Partido.

La avanzada y posterior profundización de los vínculos con la región encuentran su explicación en la apertura diplomática china en los años 70 y el interés por acceder a nuevos mercados.

Actualmente, mientras la política norteamericana centra su atención en Oriente, China se encuentra estableciendo verdaderos nexos con los principales países de la región (Méjico, Argentina, Chile, Brasil, Venezuela) a través del desembolso de inversiones en montos superiores a los 70.000 millones de US$.

La realidad demuestra que el Partido Comunista Chino, por razones políticas y comerciales, privilegia su enlace con América del Sur: la clave de esta coyuntura es el vínculo con Brasil y la forma en que el MERCOSUR juega un papel relevante como bloque.

A la luz de estas tendencias, tal vez no sea coincidencia que la República Popular China haya desarrollado el mayor centro de estudios del mundo sobre América Latina.

China ha emergido de la reciente crisis del 2008 fortalecida en su base productiva, tecnológica y financiera y con vínculos más relevantes con Asia-Pacífico. Su notable crecimiento en medio de un contexto internacional muy complejo, así como sus vínculos reforzados con las demás economías asiáticas, son datos relevantes de la postcrisis. En este sentido, cobra especial importancia la entrada en vigor de la zona de libre comercio entre China y la ASEAN, un espacio que agrupa a 1.900 millones de personas y cubre un comercio entre sus miembros de casi 5 billones de dólares.

Pero atención, al eliminar los aranceles del grueso del comercio entre China y las 10 economías de la ASEAN, este acuerdo podría afectar la competitividad de varias de las exportaciones latinoamericanas a China que puedan competir con productos de las economías de la ASEAN, en tanto ellas no se beneficien de similares desgravaciones arancelarias.

China ya se ha convertido en un socio destacado para un número importante de economías latinoamericanas. Es el primer destino de las exportaciones del Brasil y Chile y el segundo para la Argentina, Costa Rica, Cuba y el Perú. Su elevada demanda de alimentos, energía, metales y minerales ha beneficiado a los países exportadores de esos productos, mejorado en forma sustancial sus términos de intercambio y estimulado el crecimiento. Sin embargo, aún existe un amplio espacio para intensificar y diversificar las relaciones comerciales y de inversión.

Por su papel cada vez más protagónico en la economía mundial, América Latina debería promover una alianza estratégica con China. Existen muchas oportunidades para suscribir acuerdos de exportación e inversión, en campos como la minería, la energía, la agricultura, la infraestructura y la ciencia y tecnología.

Dadas las vastas dimensiones del mercado chino, aprovecharlas cabalmente exige un esfuerzo concertado de asociación regional. Sin embargo, las iniciativas recientes de acercamiento a China corresponden, casi exclusivamente, a esfuerzos nacionales, desaprovechándose los beneficios de sinergia y de escala que podrían obtenerse si esta aproximación fuese más coordinada entre varios países o, mejor aún, por las propias instancias de integración regional.

En este sentido, sería útil contar con un referente regional que facilite el diálogo con China, país que a fines de 2008 definió sus criterios estratégicos en la relación con América Latina y el Caribe en el Libro Blanco de las Relaciones de China con América Latina y el Caribe. Nuestra región aún no responde de un modo concertado a estos criterios. Si bien es cierto que varios países han reaccionado con respuestas nacionales a esta iniciativa, está claro que lo más pertinente y lo que sigue pendiente es una respuesta regional en este plano.

Para mejorar la calidad de las relaciones económicas con China, hay que avanzar en la superación de dos limitaciones importantes: a) La naturaleza de las corrientes comerciales entre la región y China es casi exclusivamente interindustrial, vale decir, China vende a América Latina y el Caribe bienes manufacturados y esta le vende, sobre todo, materias primas. Esto dificulta la mayor densidad del comercio, deja menos espacio para inversiones conjuntas y limita una inserción más eficaz de los países de la región en las cadenas productivas de Asia-Pacífico, que tienen un carácter cada vez más intraindustrial. Y b) Esta marcada diferencia en la especialización productiva y comercial atenta contra el aumento de los niveles de IED recíproca y reduce las posibilidades de establecer mayores alianzas productivas, tecnológicas y comerciales. El avance en la diversificación de nuestro comercio con China generaría también mejores condiciones para estimular dichas alianzas, las inversiones recíprocas y un intercambio comercial con mayores componentes de innovación y cambio tecnológico.

Algunas experiencias recientes muestran que es posible agregar valor e incorporar conocimiento a las exportaciones de productos básicos, integrándolos en las cadenas productivas y de comercialización de Asia-Pacífico. Para ello, es necesario un enfoque sistémico que abarque el proceso productivo, la logística, el transporte marítimo y aéreo, y la comercialización y distribución en el mercado de consumo final.

Deberían crearse asociaciones estratégicas para aumentar el valor agregado en toda la cadena de producción y comercialización, y asociaciones tecnológicas mutuamente beneficiosas (por ejemplo, para aplicar los avances de la biotecnología a la agroindustria, la minería, la silvicultura y la pesca).

Es preciso que los países latinoamericanos y caribeños examinen la integración productiva que se está gestando en Asia, en torno a China, y que procuren incorporarse a las cadenas de valor que allí se están formando. Para ello, deberían estimular las inversiones chinas en nuestra región y las regionales en China, así como las alianzas entre actores empresariales locales y chinos, emulando la experiencia asiática de integración productiva en torno a cadenas de valor regionales o subregionales.

También es posible superar la marcada asimetría entre el creciente intercambio comercial y las reducidas inversiones recíprocas. Aquí la tarea principal radica en los gobiernos de la región, que deben estructurar un paquete consensuado de iniciativas de inversión que puedan atraer el interés de la banca, las empresas y el Gobierno de China. La inversión de este país en proyectos de infraestructura y de energía no solo permitiría fortalecer sus relaciones económicas con la región, sino que también generaría externalidades positivas para el propio proceso de integración regional latinoamericano.

Este es el momento apropiado para definir, de manera concertada, las prioridades regionales en las relaciones con China. Como ya se mencionó, China ya formuló una política exterior hacia América Latina y el Caribe, que se plasmó en un documento oficial –el Libro Blanco-, en que se reconocen las potencialidades de la región para avanzar en una cooperación integral que abarque las relaciones políticas y económicas, así como las cuestiones sociales, culturales, judiciales y de seguridad.

La relación entre China y América Latina y el Caribe está lo suficientemente madura como para dar un salto de calidad. La primera década de este siglo mostró un avance impetuoso en las relaciones comerciales de la región con China. En pocos años, este país se ha transformado en un socio destacado y relevante en las estrategias de comercio e inserción internacional de nuestros países.

En la actualidad, existen condiciones de madurez para dar pasos adicionales y avanzar hacia un vínculo estratégico que proporcione beneficios mutuos. Para ello, los países de América Latina y el Caribe deberían redoblar sus esfuerzos para diversificar las ventas a China, incorporándoles más valor y conocimientos, para estimular alianzas empresariales, comerciales y tecnológicas con sus pares chinos y para promover inversiones latinoamericanas en China y Asia-Pacífico que faciliten una mayor presencia regional en las cadenas de valor asiáticas, estructuradas en torno a China.

Lo más urgente parece ser que los gobiernos de la región puedan avanzar en la concreción de una agenda regional de comercio, inversión, infraestructura, logística, turismo e intercambios tecnológicos que pueda motivar un acercamiento estratégico con China, aprovechando el dinamismo de su economía para inducir un patrón de crecimiento en la región que, además de elevado y estable, sea más sostenible, tenga mejores repercusiones sociales y esté más apoyado en la innovación.

Por su parte, China podría hacer buen uso de sus elevadas reservas internacionales apoyando las inversiones sugeridas y aprovechando su presencia en la banca multilateral regional para favorecer proyectos que apoyen la modernización productiva, tecnológica y exportadora de las PyMEs latinoamericanas y caribeñas. También podría estimular un intercambio más activo entre universidades y centros tecnológicos, así como un diálogo más intenso a nivel de organizaciones empresariales, de modo de explorar y promover agendas de intereses mutuos que permitan anticiparse a eventuales controversias comerciales, superándolas por el camino del diálogo y los beneficios compartidos.

América Latina y el Caribe podría responder pronto con un documento que defina los lineamientos de un acercamiento estratégico a China. La coordinación regional para definir una primera reacción frente al Libro Blanco, mediante el establecimiento de mesas de diálogo técnico, generaría mejores condiciones para aspirar, en los próximos años, a concretar una Cumbre de Jefes de Estado China-América Latina, en la que podría establecerse una agenda compartida de proyectos de comercio e inversión, buscando atraer inversiones chinas y diversificar el comercio con ese país.

El panorama que se insinúa en el mundo obliga a las naciones en desarrollo a buscar nuevas alternativas de asociación estratégica con los actores mayores de la escena económica. China es, entre ellos, el que mejores condiciones ofrece a nuestros países, que a su vez tendrán que esforzarse para alcanzar nuevos niveles de productividad y eficiencia que les permitan destacadas performances socioeconómicas en un mundo cada vez más competitivo.

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